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La Aurora de azafranado peplo se extendía sobre toda la tierra, |
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y Zeus, el que arroja rayos, formó la asamblea de los dioses |
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en la más alta cima del Olimpo de muchos picos. |
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Y él mismo les habló, y los dioses todos atendieron: |
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“Escúchenme, todos los dioses y todas las diosas, |
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para que les diga lo que me ordena el ánimo en el pecho. |
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Esto ni una siquiera de las diosas mujeres ni uno de los varones |
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lo intente interrumpir, mis palabras, sino que todos juntos |
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apruébenlo, para que cuanto antes lleve a cabo estas acciones. |
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Y al que yo apartado de los dioses vea queriendo |
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ir a defender o a los troyanos o a los dánaos, |
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golpeado volverá al Olimpo, no como es adecuado, |
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o tras agarrarlo lo arrojaré al tenebroso Tártaro, |
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muy lejos, donde es más profundo el abismo bajo el suelo, |
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donde son de hierro las puertas y de bronce el umbral, |
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tan por debajo de Hades como el firmamento está lejos de la tierra. |
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Sabréis entonces por cuánto soy el más fuerte de todos los dioses. |
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¡VAMOS!, inténtenlo, dioses, para que lo veáis todos: |
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tras colgar del firmamento una soga dorada |
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aférrense a ella todos los dioses y todas las diosas, |
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pero no arrastrarían del firmamento a la llanura |
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a Zeus, de excelsos planes, ni si se cansaran muchísimo; |
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pero en cuanto yo también quisiera con toda intención arrastrarlos, |
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los arrastraría con la tierra misma y el mar mismo. |
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Luego la cuerda en torno a un pico del Olimpo |
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ataría, y aquellas cosas quedarían todas en el aire. |
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Tanto estoy yo por encima de los dioses y por encima de los hombres.” |
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Así habló, y ellos, claro, se quedaron todos callados, en silencio, |
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impresionados por el discurso, pues muy contundentemente había hablado. |
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Y por fin dijo entre ellos la diosa Atenea de ojos refulgentes: |
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“¡Oh, padre nuestro, Cronida, excelso entre los poderosos! |
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¡Nosotros ya sabemos que tu vigor es inquebrantable! |
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Pero sin embargo nos lamentamos por los dánaos portadores de lanzas, |
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que sin duda perecerán tras completar un mal destino. |
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Pero, bueno, nos alejaremos de la guerra, como vos ordenás, |
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mas aconsejaremos un plan a los argivos, alguno que los favorezca, |
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para que no todos perezcan aborrecidos por vos.” |
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Y sonriéndole dijo Zeus, que amontona las nubes: |
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“Animate, Tritogenia, hija querida. Para nada con el ánimo |
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resuelto hablo, y quiero ser benévolo contigo.” |
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Habiendo hablado así, ajustó al carro a los caballos de pies de bronce, |
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de veloces pies, ambos con largas crines doradas, |
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y él mismo vistió oro en torno a su piel, y tomó la tralla, |
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dorada, bien fabricada, y se subió a su carro, |
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y blandió el látigo para que galoparan y no de mala gana voló el dúo |
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por el medio de la tierra y el estrellado firmamento, |
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y llegó al Ida de muchos manantiales, madre de fieras, |
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al Gárgaro - allí tenía un recinto y un altar fragante. |
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Allí paró a los caballos el padre de varones y dioses, |
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soltándolos del carro, y les derramó encima mucha niebla, |
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y él mismo se sentó en las cimas, exultante de gloria, |
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contemplando la ciudad de los troyanos y las naves de los aqueos. |
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Aquellos, claro, tomaron la comida, los aqueos de largos cabellos, |
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velozmente en las tiendas, y después de esta se armaron, |
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y los troyanos, por su parte, del otro lado, en la ciudad se prepararon, |
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siendo menos, mas aun así ansiaban combatir en batalla, |
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por forzosa necesidad, por sus niños y por sus mujeres. |
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Y abrieron todas las puertas, y corrieron hacia fuera las tropas, |
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infantes y conductores de carros, y se elevó un enorme estruendo. |
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Ellos, en el momento en que juntándose llegaron a un mismo terreno, |
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entrechocaron los cueros, y con ellos las picas y el furor de los varones |
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de corazas de bronce, y los escudos repujados |
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se acercaron unos a otros, y se elevó un enorme estruendo, |
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y entonces a la vez sollozos y gritos de triunfo salían de varones |
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matando y muriendo, y fluía con sangre la tierra. |
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Mientras estuvo la Aurora y se elevó el sagrado día, |
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las saetas alcanzaban mucho a ambos, y caía la tropa; |
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mas cuando el Sol ocupó el centro del firmamento, |
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en ese momento el padre desplegó la dorada balanza, |
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y en ella puso a dos espíritus de la muerte de largas penas, |
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de los troyanos domadores de caballos y los aqueos vestidos de bronce, |
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y tiró tomándola del medio, y se inclinó el día fatal de los aqueos. |
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Los espíritus de la muerte de los aqueos sobre la muy nutricia tierra |
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se posaron y los de los troyanos hacia el vasto firmamento ascendieron. |
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Y él mismo tronó fuerte desde el Ida, y un relampagueante |
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fulgor lanzó hacia el pueblo de los aqueos, y ellos, viéndolo, |
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se asombraron, y a todos los sobrecogió el pálido miedo. |
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Entonces ni Idomeneo se animó a resistir, ni Agamenón, |
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ni los dos Ayantes resistieron, servidores de Ares. |
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Néstor solo resistía, el gerenio guardián de los aqueos, |
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no de grado, sino que tenía agobiado un caballo que con un dardo hirió |
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el divino Alejandro, esposo de Helena de bellos cabellos, |
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en lo alto de la cabeza, donde las primeras crines de los caballos |
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nacen en sus cráneos y es más mortal, |
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y adolorido se encabritó, y la flecha se hundió en su cerebro, |
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y conturbaba a los demás caballos rodando en torno al bronce. |
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Mientras el anciano cortaba las bridas del caballo lateral |
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saltando con su espada, los veloces caballos de Héctor |
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llegaron a la carrera, a un osado auriga llevando, |
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a Héctor. Y entonces habría perdido la vida el anciano, |
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si no lo hubiera visto agudamente Diomedes de buen grito de guerra, |
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y espantosamente le hubiera gritado a Odiseo, alentándolo: |
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“Laertíada del linaje de Zeus, Odiseo de muchos recursos, |
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¿a dónde huyes, volviendo la espalda, como un hombre vil en la turba? |
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No sea que alguno mientras huyes te clave la lanza en la espalda. |
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Pero permanece para que alejemos del anciano a un varón salvaje.” |
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Así habló, mas no lo escuchó el divino Odiseo de mucho aguante, |
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sino que pasó a su lado, yendo hacia las cóncavas naves de los aqueos. |
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Y el Tidida, aun estando solo se mezcló entre las primeras filas, |
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y se paró delante de los caballos del anciano Nelida |
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y hablándole dijo estas aladas palabras: |
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“¡Oh, anciano! ¡Sin duda te agobian los combatientes jóvenes, |
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tu fuerza se ha aflojado, la difícil vejez te acompaña, |
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tu servidor es en verdad enquencle y tus caballos son lentos! |
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Así que, ¡vamos!, sube a mi carro, para que veas |
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cómo son los caballos de Tros, conocedores de la llanura, |
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de muy raudamente por aquí y por allí perseguir y escaparse, |
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los que le arrebaté alguna vez a Eneas, instigadores del espanto. |
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Que de esos dos se encarguen los dos servidores, y nosotros dos a estos |
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dirijamos contra los troyanos domadores de caballos para que también Héctor |
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sepa si se enfurece también mi lanza en mis palmas.” |
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Así habló, y no desobedeció Néstor, jinete gerenio. |
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De las nestóreas yeguas se encargaron los dos servidores, |
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el fuerte Esténelo y el gentil Eurimedonte, |
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y ellos dos subieron ambos al carro de Diomedes, |
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y Néstor tomó en sus manos las riendas radiantes, |
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y blandió el látigo sobre los caballos, y pronto llegaron cerca de Héctor, |
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y hacia él, que acometía derecho, disparó el hijo de Tideo |
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y a él, claro, le erró, mas a su auriga, a su servidor, |
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al hijo de Tebeo de inmenso ánimo, a Eniopeo, |
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que tenía las riendas del carro, lo hirió en el pecho junto a la tetilla, |
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y se desplomó del carro, y recularon sus caballos |
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[de pies veloces, y se aflojaron allí su furor y su vida.] |
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Y a Héctor un horrible sufrimiento por su auriga le cubrió las entrañas. |
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Enseguida a aquel lo dejó, a pesar de estar afligido por su compañero, |
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tirado, y él fue en busca de un osado auriga, y, claro, ya no por mucho |
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carecieron de amo los caballos, pues al instante encontró |
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al osado Arqueptólemo Ifitida, al que, claro, entonces a los caballos |
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de pies veloces hizo subir, y le dio las riendas en las manos. |
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Entonces habría habido devastación y habrían sucedido hechos irreparables, |
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y los habrían encorralado en Ilión como corderos, |
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si no lo hubiera visto agudamente el padre de varones y dioses. |
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Y, claro, tronando tremendamente lanzó un blanco rayo, |
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y delante de los caballos de Diomedes lo lanzó hacia el suelo, |
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y una tremenda llama se impulsó del azufre ardiente, |
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y los caballos atemorizados se encogieron bajo el carro, |
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y a Néstor se le escaparon de las manos las riendas radiantes, |
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y temió él en su ánimo, y le dijo a Diomedes: |
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“Tidida, ¡vamos!, en fuga dirigí de nuevo a los solípedos caballos. |
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¿Acaso no reconocés que no te acompaña el brío de Zeus? |
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Pues ahora a este concede gloria el Cronida Zeus, |
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por hoy. Más tarde de nuevo también a nosotros, si quiere, |
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nos la dará. Un varón nunca puede resguardarse del pensamiento de Zeus, |
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ni siendo muy fuerte, ya que sin duda es muy superior.” |
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Y luego le respondió Diomedes de buen grito de guerra: |
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“¡Sí, todas estas cosas, anciano, según la moira dijiste! |
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Pero llega este horrible sufrimiento a mi corazón y a mi ánimo, |
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pues Héctor alguna vez dirá, hablando entre los troyanos: |
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‘El Tidida, por mí espantado, fue hacia las naves.’ |
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Así alguna vez se ufanará, y entonces que me trague la vasta tierra.” |
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Y luego le respondió Néstor, jinete gerenio: |
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“¡Ahhh…! ¡Hijo del aguerrido Tideo, qué dijiste! |
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Pues aunque Héctor dirá que sos cobarde y endeble, |
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sin embargo no le harán caso los troyanos ni los dardaniones |
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ni las esposas de los troyanos, esforzados portadores de escudos, |
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a cuyos lozanos esposos arrojaste en el polvo.” |
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Tras hablar así, por supuesto, dio vuelta en fuga a los solípedos caballos |
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de nuevo a la carrera, y sobre él los troyanos y Héctor |
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con un estrépito sobrenatural derramaron gimientes saetas. |
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Y le bramó con fuerte voz el gran Héctor de centelleante casco: |
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“Tidida, te honraban mucho los dánaos de rápidos potrillos |
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con el asiento, las carnes y con copas llenas, |
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mas ahora no te honrarán. Al final resultaste igual a una mujer. |
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¡Corré, muñequita cobarde, ya que no cediendo yo |
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no subirás a nuestras torres, ni a las mujeres |
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conducirás en las naves! Antes te entregaré a los dioses.” |
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Así habló, y el Tidida se debatía entre dos cosas, |
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dar vuelta los caballos y combatir de frente. |
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Tres veces se debatió en sus entrañas y en su ánimo, |
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tres veces, claro, tronó desde los montes ideos el ingenioso Zeus |
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dando un signo de que era troyana la victoria, del otro lado del combate. |
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Y Héctor exhortó a los troyanos bramando con fuerte voz: |
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“Troyanos y licios y dárdanos que combaten de cerca, |
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sean hombres, amigos, y recuerden su impetuoso brío. |
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Reconozco que Zeus me garantiza, bien dispuesto, |
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la victoria y gran gloria, y para los dánaos, en cambio, la desdicha. |
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¡Bobos, esos que maquinaron estos muros, |
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débiles, insignificantes, y que no retendrán nuestro furor! |
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Los caballos fácilmente saltarán por encima del excavado foso. |
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Así que en cuanto esté sobre las huecas naves, |
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que haya entonces algún recuerdo del fuego destructor |
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para que queme con fuego las naves, y los mate también a ellos mismos, |
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[a los argivos, junto a las naves, despavoridos por el humo.]” |
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Habiendo hablado así, exhortó a sus caballos y les dijo: |
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“Zaino y también tú, Pie Veloz, y Alazán y el divino Fogoso, |
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páguenme ahora el cuidado con el que muchísimas veces |
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Andrómaca, hija de Eetión de corazón vigoroso, |
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a ustedes les puso antes trigo de dulce espíritu |
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y vino, que les mezclaba para beber cuando el ánimo se los mandara, |
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que a mí, que incluso me jacto de ser su lozano esposo. |
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Así que síganlos y aceleren para que tomemos |
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el nestóreo escudo, cuya fama ahora llega al firmamento, |
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la de que es todo de oro, las barras y él mismo, |
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y de los hombros de Diomedes domador de caballos |
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la labrada coraza, que Hefesto se cansó haciendo. |
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Si tomáramos las dos cosas, esperaría que los aqueos |
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esta misma noche se subieran a las rápidas naves.” |
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Así habló jactándose, y se indignó la venerable Hera, |
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y se sacudió en su trono, y se estremeció el gran Olimpo |
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y, claro, le dijo de frente al gran dios Poseidón: |
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“¡Ay, ay! ¡Sacudidor de la tierra de vasta fuerza! ¡Ni siquiera a vos |
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se te lamenta el ánimo en las entrañas por los dánaos que mueren! |
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Y ellos te llevan regalos a Hélica y también a Egas, |
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muchos y agraciados, y tú deseabas la victoria para ellos. |
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Pues si acaso quisiéramos cuantos somos defensores de los dánaos |
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a los troyanos rechazar y retener a Zeus de vasta voz, |
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allí mismo, en ese lugar, se quedaría afligido, sentado solo en el Ida.” |
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Y le dijo, muy amargado, el poderoso sacudidor de la tierra: |
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“Hera deslenguada, ¿qué es esta palabra que dijiste? |
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Yo no querría que combatiéramos con Zeus Cronión |
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nosotros, los demás, ya que sin duda es muy superior.” |
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Así ellos tales cosas se decían el uno al otro, |
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y de ellos cuanto contenía el foso desde las naves, desde la torre, |
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se llenó, igualmente de caballos y de varones portadores de escudos, |
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acorralados, y los acorralaba cual el rápido Ares |
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Héctor Priamida, cuando Zeus le dio gloria. |
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Y entonces habría quemado con ardiente fuego las bien balanceadas naves, |
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si no le hubiera puesto en las entrañas a Agamenón la venerable Hera |
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ajetreándose él mismo rápidamente alentar a los aqueos. |
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Y se echó a andar junto a las tiendas y las naves de los aqueos, |
| 221 |
la gran capa purpúrea teniendo en la gruesa mano, |
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y se paró sobre la negra nave de inmenso fondo de Odiseo, |
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esa que estaba en el medio, para hacerse oír de ambos lados, |
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[tanto hasta las tiendas de Áyax Telamoníada, |
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como hasta las de Aquiles, que las bien balanceadas naves en los extremos |
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habían varado, confiados en su valentía y en la fuerza de sus manos.] |
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Y bramó a los dánaos con voz penetrante haciéndose oír: |
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“Vergüenza, argivos, ruines oprobios, solo en figura admirables. |
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¿A dónde se fueron las jactancias, cuando decíamos ser los mejores, |
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las que cuando estábamos en Lemnos proclamabais petulantes, |
| 231 |
comiendo mucha carne de vacas de rectos cuernos, |
| 232 |
bebiendo crateras repletas de vino, |
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que cada uno ante cien y doscientos de los troyanos |
| 234 |
os pararíais en la guerra? Y ahora ni por uno valemos, |
| 235 |
por Héctor, que pronto quemará las naves con ardiente fuego. |
| 236 |
Padre Zeus, ¿acaso ya antes a alguno de los reyes de furor inmenso |
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has cegado con esta ceguera y le has robado una gran gloria? |
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¡Estoy seguro de que nunca un bellísimo altar tuyo |
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con la nave de muchos escálamos pasé de largo al venir para mi perdición, |
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sino que en todos grasa de vacas y muslos quemé, |
| 241 |
ansiando Troya bien amurallada saquear! |
| 242 |
Pero, Zeus, por lo menos cúmpleme este deseo: |
| 243 |
¡por lo menos deja que nosotros mismos escapemos y nos evadamos, |
| 244 |
y no dejes que los aqueos sean doblegados así por los troyanos!” |
| 245 |
Así habló, y el padre se lamentó por él, que vertía lágrimas, |
| 246 |
y le asintió que estuviera a salvo el pueblo y no pereciera, |
| 247 |
y enseguida envió un águila, la más perfecta entre los que vuelan, |
| 248 |
que tenía en las garras un cervatillo, el hijo de una rápida cierva, |
| 249 |
y junto a un bellísimo altar de Zeus dejó caer al cervatillo, |
| 250 |
donde sacrificaban a Zeus de todos los presagios. |
| 251 |
Y cuando entonces ellos vieron que, claro, el pájaro venía de Zeus, |
| 252 |
aun más corrieron contra los troyanos, y recordaron su bélica lujuria. |
| 253 |
Entonces ninguno de los dánaos el primero, aun siendo muchos, |
| 254 |
se jactó antes que el Tidida de detener sus veloces caballos, |
| 255 |
ni de alejarlos del foso y combatir frente a frente, |
| 256 |
sino que con mucho el primero sometió a un varón troyano portador de casco, |
| 257 |
a Agelao Fradmónida. Él había dado vuelta los caballos en fuga, |
| 258 |
y una vez vuelto le clavó la lanza en la espalda, |
| 259 |
en el medio de los hombros, y le atravesó el pecho, |
| 260 |
y se desplomó del carro, y sobre él resonaron las armas. |
| 261 |
Y después de él, los Atridas Agamenón y Menelao, |
| 262 |
y tras estos, los Ayantes, cubiertos de impetuoso brío, |
| 263 |
y tras estos, Idomeneo y el vasallo de Idomeneo, |
| 264 |
Meriones, igual al homicida Enialio, |
| 265 |
y tras estos, Eurípilo, brillante hijo de Evemón, |
| 266 |
y Teucro fue noveno, tensando el curvado arco, |
| 267 |
y se paró, claro, bajo el gran escudo de Áyax Telamonio. |
| 268 |
Áyax entonces corría el escudo, y él, por su parte, el héroe, |
| 269 |
escrutando, una vez que disparando a alguno en la turba |
| 270 |
lo hería, este tras caer allí pierde la vida, |
| 271 |
y él, por su parte, como un niño bajo su madre se hundía, yendo de nuevo |
| 272 |
hacia Áyax, y este lo ocultaba con el escudo reluciente. |
| 273 |
¿A cuál de los troyanos entonces sometió primero el insuperable Teucro? |
| 274 |
A Orsíloco primero, y a Órmeno y además a Ofelestes, |
| 275 |
a Détor, a Cromio y también a Licofontes igual a los dioses, |
| 276 |
y a Amopaón Poliemónida y a Melanipo, |
| 277 |
[a todos sin parar los derribó sobre la muy nutricia tierra.] |
| 278 |
Y se alegró el soberano de varones Agamenón al verlo |
| 279 |
matar con su fuerte arco falanges de los troyanos, |
| 280 |
y se paró yendo junto a él y le dirigió estas palabras: |
| 281 |
“Teucro, querida cabeza, Telamonio comandante de tropas, |
| 282 |
dispara así, por si surgieras como una luz para los dánaos |
| 283 |
y para tu padre Telamón, que te nutrió siendo pequeño |
| 284 |
y te cobijó, aun siendo bastardo, en su casa. |
| 285 |
Incluso estando lejos hazlo marchar sobre una buena fama. |
| 286 |
Y yo te diré lo que también se ha de cumplir: |
| 287 |
si me concede Zeus portador de la égida y Atenea |
| 288 |
saquear la bien edificada ciudad de Ilión, |
| 289 |
a vos primero, después de mí, te pondré en la mano una recompensa, |
| 290 |
o un trípode o dos caballos con su propio carro, |
| 291 |
o una mujer, que subiría contigo a un mismo lecho.” |
| 292 |
Y respondiendo le habló el insuperable Teucro: |
| 293 |
“Atrida, el más glorioso, ¿por qué a mí, que me apresuro yo solo, |
| 294 |
me alientas? Por cierto que cuanta fuerza tengo, al menos, |
| 295 |
no calmo, sino que desde que los empujamos a ellos hacia Ilión, |
| 296 |
desde ese momento aniquilo varones, recibiéndolos con mi arco. |
| 297 |
¡Ocho flechas de alargada punta lancé, |
| 298 |
y todas se clavaron en la piel de audaces guerreros lozanos! |
| 299 |
Mas no puedo herir a ese perro rabioso.” |
| 300 |
Dijo, claro, y despidió otra flecha de la cuerda |
| 301 |
derecho hacia Héctor, y su ánimo ansiaba herirlo, |
| 302 |
y a él, claro, le erró, mas al insuperable Gorgitión, |
| 303 |
noble hijo de Príamo, lo hirió en el pecho con el dardo - |
| 304 |
a ese que parió su madre desposada tras venir de Esime, |
| 305 |
la bella Castianira, semejante en cuerpo a las diosas - |
| 306 |
y así como arroja hacia un lado su cabeza la amapola, que en el jardín |
| 307 |
está cargada por el fruto y las lloviznas primaverales, |
| 308 |
así hacia un lado se inclinó la cabeza, pesada por el casco. |
| 309 |
Y Teucro despidió otra flecha de la cuerda |
| 310 |
derecho hacia Héctor, y su ánimo ansiaba herirlo, |
| 311 |
pero también entonces le erró a este, pues la descarrió Apolo, |
| 312 |
pero a Arqueptólemo, el osado auriga de Héctor, |
| 313 |
que se arrojaba a la guerra, lo hirió en el pecho junto a la tetilla, |
| 314 |
y se desplomó del carro, y recularon sus caballos |
| 315 |
[de pies veloces, y se aflojaron allí su furor y su vida.] |
| 316 |
Y a Héctor un horrible sufrimiento por su auriga le cubrió las entrañas. |
| 317 |
Enseguida a aquel lo dejó, a pesar de estar afligido por su compañero, |
| 318 |
y ordenó a Cebriones, su hermano, que estaba cerca, |
| 319 |
tomar las riendas de los caballos, y este no desobedeció al escucharlo. |
| 320 |
Y él mismo saltó al suelo de la caja resplandeciente, |
| 321 |
gritando espantosamente, y una roca tomó con la mano, |
| 322 |
y fue derecho hacia Teucro, y su ánimo le mandaba herirlo. |
| 323 |
Este, por cierto, del carcaj sacó una amarga flecha |
| 324 |
y la colocó en la cuerda, mas a su vez Héctor de centelleante casco, |
| 325 |
mientras la jalaba junto al hombro, donde la clavícula separa |
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el cuello del pecho, y es más mortal, |
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por allí al que contra él se lanzaba hirió con la dentada piedra, |
| 328 |
y le rompió la cuerda, y se entumeció su brazo en la muñeca, |
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y se quedó, desplomándose de rodillas, y el arco se le cayó de la mano. |
| 330 |
Mas Áyax no desatendió a su hermano caído, |
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sino que fue corriendo junto a él y lo rodeó con su escudo. |
| 332 |
A él luego, poniéndosele debajo dos leales compañeros, |
| 333 |
Mecisteo hijo de Equio y el divino Alástor, |
| 334 |
hacia las huecas naves lo llevaron, gimiendo profundamente. |
| 335 |
Y una vez más el Olímpico infundió furor en los troyanos, |
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y ellos derecho hacia el profundo foso empujaron a los aqueos, |
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y Héctor entre los primeros avanzaba, ufanándose de su vigor. |
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Y así como cuando algún perro a un salvaje jabalí o a un león |
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persiguiéndolo con rápidos pies lo agarra por detrás, |
| 340 |
por las ancas y las nalgas, y acecha por si se da vuelta, |
| 341 |
así Héctor seguía a los aqueos de largos cabellos |
| 342 |
sin parar matando al de más atrás, y ellos se espantaban. |
| 343 |
Pero una vez que atravesaron las estacas y el foso |
| 344 |
huyendo y muchos fueron doblegados por las manos de los troyanos, |
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ellos se contuvieron, permaneciendo junto a las naves, |
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exhortándose unos a los otros, y a todos los dioses |
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alzando las manos rogaba fuerte cada uno, |
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pero Héctor hacía que los rondaran los caballos de bellas crines, |
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teniendo los ojos de una gorgona y de Ares, de los mortales ruina. |
| 350 |
Y viéndolos se compadeció la diosa Hera de blancos brazos, |
| 351 |
y al punto le dijo a Atenea estas aladas palabras: |
| 352 |
“¡Ay, ay, hija de Zeus portador de la égida! ¿Ya nosotras no |
| 353 |
nos preocupamos, aunque sea a último momento, por los dánaos que mueren? |
| 354 |
Ellos sin duda perecerán tras completar un mal destino |
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por el empuje de un solo varón, y este se enfurece ya no tolerablemente, |
| 356 |
Héctor Priamida, y encima produce muchos males.” |
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Y le dijo en respuesta la diosa Atenea de ojos refulgentes: |
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“¡Ojalá ese perdiera el furor y la vida, |
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muriendo bajo las manos de los aqueos en su tierra patria! |
| 360 |
Pero mi padre se enfurece en las no buenas entrañas - |
| 361 |
inclemente, siempre malvado, sofrenador de mis furores - |
| 362 |
y no se acuerda para nada de esas cosas, que muchísimas veces a su hijo |
| 363 |
salvé cuando estaba agobiado por los trabajos de Euristeo, - |
| 364 |
este, por cierto, lloraba hacia el firmamento, y a mí Zeus |
| 365 |
para que lo defendiera desde el firmamento me enviaba -, |
| 366 |
pues si yo estas cosas hubiera sabido en mis meditabundas entrañas |
| 367 |
cuando lo mandó hacia Hades, custodio de las puertas, |
| 368 |
desde el Érebo, conduciendo al perro del abominable Hades, |
| 369 |
no habría escapado de las hondas corrientes del agua del Estigia. |
| 370 |
Y ahora me aborrece, y llevó a cabo los planes de Tetis, |
| 371 |
que las rodillas le besó y le tomó con la mano el mentón, |
| 372 |
suplicando que honre a Aquiles saqueador de ciudades. |
| 373 |
¡Habrá un día en que de nuevo diga querer a la de ojos refulgentes! |
| 374 |
Así que vos ahora aparejanos los solípedos caballos |
| 375 |
mientras yo, tras sumergirme en la morada de Zeus portador de la égida, |
| 376 |
me equipo con las armas para la guerra, para ver |
| 377 |
si por nosotras dos el hijo de Príamo, Héctor de centelleante casco, |
| 378 |
se alegrará cuando aparezcamos en las franjas de tierra de la guerra, |
| 379 |
o también alguno de los troyanos satisfará a los perros y las aves rapaces |
| 380 |
con su grasa y su carne, tras caer sobre las naves de los aqueos.” |
| 381 |
Así habló, y no desobedeció la diosa Hera de blancos brazos. |
| 382 |
Ella, yendo y viniendo, aparejó los caballos de doradas frentera, |
| 383 |
Hera, la mayor diosa hija del gran Crono, |
| 384 |
mientras que Atenea, hija de Zeus portador de la égida, |
| 385 |
el fino peplo vertió sobre el suelo de su padre, |
| 386 |
magnífico, ese que ella misma hizo y elaboró con sus manos, |
| 387 |
y, tras vestirse la túnica de Zeus, que amontona las nubes, |
| 388 |
se equipó con las armas para la guerra llena de lágrimas, |
| 389 |
y subió con sus pies al flamígero carro, y sujetó la pica, |
| 390 |
pesada, grande, maciza, con la que doblega las columnas de varones |
| 391 |
héroes con los que está resentida la de imponente padre. |
| 392 |
Y Hera con el látigo rápidamente tocó, claro, a los caballos, |
| 393 |
y crujieron las autómatas puertas del firmamento, que tienen las Horas, |
| 394 |
a las que están encomendadas el gran firmamento y el Olimpo, |
| 395 |
tanto para dispersar la densa nube como para ponerla encima. |
| 396 |
Por ahí, a través de aquellas, dirigieron a los aguijoneados caballos. |
| 397 |
Y Zeus padre, ya que desde el Ida las vio, se irritó, claro, terriblemente, |
| 398 |
y mandó a Iris de alas de oro, para que llevara un mensaje: |
| 399 |
“Ve, rápida Iris, haz que se vuelvan y no dejes que delante mío |
| 400 |
vengan, pues no será bueno que nos encontremos en la guerra, |
| 401 |
pues diré así y esto también se habrá de cumplir: |
| 402 |
les desjarretaré bajo su carro a los veloces caballos, |
| 403 |
y a ellas mismas las arrojaré de la caja y romperé el carro - |
| 404 |
ni con el transcurrir de diez años |
| 405 |
se les curarán del todo las lesiones con las que las agarrará el rayo - |
| 406 |
para que sepa la de ojos refulgentes cuando lucha con su propio padre. |
| 407 |
Mas con Hera no me indigno ni me irrito tanto, |
| 408 |
pues siempre acostumbra oponerse a lo que pienso.” |
| 409 |
Así habló, y se lanzó Iris de pies de ráfaga llevando el mensaje, |
| 410 |
y marchó desde los montes ideos hacia el gran Olimpo, |
| 411 |
y en las primeras puertas del Olimpo de muchas ondulaciones |
| 412 |
encontrándolas las retuvo, y les dijo estas palabras de Zeus: |
| 413 |
“¿Adónde van tan ansiosas? ¿Qué les enfurece el corazón en las entrañas? |
| 414 |
El Cronida no deja que se ampare a los argivos, |
| 415 |
pues así amenazó el hijo de Crono, lo que se cumplirá: |
| 416 |
les desjarretará bajo sus carros a los veloces caballos, |
| 417 |
y a ustedes mismas las arrojará de la caja y romperá el carro - |
| 418 |
ni con el transcurrir de diez años |
| 419 |
se les curarán del todo las lesiones con las que las agarrará el rayo - |
| 420 |
para que sepas, ojos refulgentes, cuando luchas con tu propio padre. |
| 421 |
Mas con Hera no se indigna ni se irrita tanto, |
| 422 |
pues siempre acostumbra oponerse a lo que piensa, |
| 423 |
pero vos, infeliz, perra impertinente, si de verdad |
| 424 |
te vas a atrever a levantar frente a Zeus la aterradora pica…” |
| 425 |
Ella, claro, tras hablar así, partió, Iris de pies veloces, |
| 426 |
mientras que a Atenea Hera le dirigió estas palabras: |
| 427 |
“¡Ay, ay, hija de Zeus portador de la égida! Yo, por lo menos, ya no |
| 428 |
nos dejaré que frente a Zeus guerreemos a causa de los mortales. |
| 429 |
Que alguno de ellos perezca, que otro viva, |
| 430 |
al que le toque, y aquel según lo que piense en su ánimo que |
| 431 |
juzgue sobre los troyanos y los aqueos, como es conveniente.” |
| 432 |
Tras hablar así, claro, hizo volver a los solípedos caballos, |
| 433 |
y las Horas les soltaron los caballos de bellas crines |
| 434 |
y a estos los ataron en inmortales pesebres, |
| 435 |
y al carro lo apoyaron frente a la resplandeciente pared de la entrada. |
| 436 |
Y ellas mismas se sentaron en dorados sillones |
| 437 |
entre los demás dioses, entristecidas en su querido corazón. |
| 438 |
Y Zeus padre desde el Ida el carro de buenas ruedas y los caballos |
| 439 |
dirigió hacia el Olimpo, y llegó a los asientos de los dioses. |
| 440 |
También a él le soltó los caballos el renombrado sacudidor de la tierra, |
| 441 |
y colocó el carro sobre tarimas, extendiendo sobre él una tela. |
| 442 |
Y él mismo, Zeus de vasta voz, sobre un trono de oro |
| 443 |
se sentó, y bajo sus pies se sacudió el gran Olimpo. |
| 444 |
Y ellas, Atenea y Hera, solas, aparte de Zeus, |
| 445 |
estaban sentadas las dos, y nada le decían ni le preguntaban, |
| 446 |
pero él comprendió en sus entrañas y dijo: |
| 447 |
“¿Por qué están así entristecidas las dos, Atenea y Hera? |
| 448 |
No puede ser que se hayan cansado en la batalla que glorifica varones |
| 449 |
de matar troyanos, contra los que tenéis un infeliz rencor. |
| 450 |
Jamás, por cómo son mi furor y mis invencibles manos, |
| 451 |
me harían volverme cuantos dioses hay en el Olimpo, |
| 452 |
mas a ustedes un temblor les tomó los ilustres miembros |
| 453 |
incluso antes de ver la guerra y las desoladoras acciones de la guerra, |
| 454 |
pues diré así y esto también se habría cumplido: |
| 455 |
sobre vuestros carros, golpeadas por el rayo, |
| 456 |
no habrían vuelto al Olimpo, donde está el asiento de los inmortales." |
| 457 |
Así habló, y ellas murmuraron, Atenea y Hera - |
| 458 |
se sentaban ellas lado a lado, y meditaban males para los troyanos -. |
| 459 |
Atenea, por cierto, estuvo en silencio y no dijo nada, |
| 460 |
enojada con su padre Zeus, y la tomaba una ira salvaje; |
| 461 |
mas a Hera no le contuvo la ira el pecho, sino que dijo: |
| 462 |
“Cronida, infeliz, ¿qué es esta palabra que dijiste? |
| 463 |
¡Nosotros ya sabemos que tu vigor es inquebrantable! |
| 464 |
Pero sin embargo nos lamentamos por los dánaos portadores de lanzas, |
| 465 |
que sin duda perecerán tras completar un mal destino. |
| 466 |
[Pero, bueno, nos alejaremos de la guerra, como vos ordenás, |
| 467 |
mas aconsejaremos un plan a los argivos, alguno que los favorezca, |
| 468 |
para que no todos perezcan aborrecidos por vos.]” |
| 469 |
Y sonriéndole dijo Zeus, que amontona las nubes: |
| 470 |
“¡Con la Aurora todavía más al Cronión de furor inmenso |
| 471 |
lo verás, si querés, Hera venerable, la de ojos de buey, |
| 472 |
matando a mucho del ejército de los argivos portadores de lanzas, |
| 473 |
pues no se abstendrá de la guerra el imponente Héctor |
| 474 |
antes de impulsar junto a las naves al Peleión de pie veloz, |
| 475 |
ese día, cuando ellos combatan junto a las popas |
| 476 |
en la más infeliz estrechez en torno a Patroclo muerto - |
| 477 |
pues así está decretado -, y de vos yo no me cuide, |
| 478 |
ni irritada, ni si te vas a los más bajos extremos |
| 479 |
de la tierra y del mar, donde Jápeto y Crono, |
| 480 |
sentados, ni de los destellos del Sol Hiperión |
| 481 |
gozan, ni de los vientos, y alrededor está el profundo Tártaro; |
| 482 |
ni si allí llegás errante yo de vos |
| 483 |
ni enojada me preocupo, ya que no hay otro más perra que vos.” |
| 484 |
Así habló, y nada le dijo Hera de blancos brazos. |
| 485 |
Y cayó en el Océano la relumbrante luz del Sol, |
| 486 |
arrastrando la negra noche sobre el campo dador de grano. |
| 487 |
Para los troyanos, claro, a su pesar se hundió la luz, pero para los aqueos |
| 488 |
jubilosa y mil veces suplicada llegó la oscura noche. |
| 489 |
La asamblea de los troyanos, por su parte, formó el ilustre Héctor, |
| 490 |
conduciéndolos lejos de las naves, sobre el turbulento río, |
| 491 |
en un claro, donde el terreno se dejaba ver entre los cadáveres. |
| 492 |
Y tras bajar de los caballos hacia el suelo escucharon las palabras, |
| 493 |
esas que pronunció Héctor, querido por Zeus, y, claro, en la mano |
| 494 |
tenía la pica de once codos, y relumbraba delante de la lanza |
| 495 |
la broncínea punta, y una abrazadera de oro la rodeaba. |
| 496 |
Él, apoyándose en esta, dijo estas palabras entre los troyanos: |
| 497 |
“Escúchenme, troyanos y dárdanos y además los aliados. |
| 498 |
Estaba seguro de que ahora, tras destruir las naves y a todos los aqueos, |
| 499 |
regresaría de nuevo hacia Ilión ventosa, |
| 500 |
pero llegó antes la oscuridad, que ahora salvó en especial |
| 501 |
a los argivos y a sus naves sobre la rompiente del mar. |
| 502 |
Pero, bueno, ahora hagamos caso a la negra noche |
| 503 |
y preparemos la cena, y a los caballos de bellas crines |
| 504 |
soltemos de los carros, y arrojemos comida junto a ellos, |
| 505 |
y traigan desde la ciudad vacas y fuertes rebaños |
| 506 |
velozmente, y procúrense el vino de dulce espíritu |
| 507 |
y el pan de los palacios, y además junten mucha madera |
| 508 |
para que toda la noche hasta la Aurora nacida temprano |
| 509 |
hagamos arder muchas piras, y que el fulgor llegue al firmamento, |
| 510 |
no vaya a ser que también con la noche los aqueos de largos cabellos |
| 511 |
se lancen a huir sobre el ancho lomo del mar. |
| 512 |
¡Que no se suban a las naves sin algún esfuerzo ni tranquilos, |
| 513 |
sino así, que al menos alguno de ellos mastique también en su casa un tiro, |
| 514 |
herido o por un dardo o por una aguda pica |
| 515 |
al saltar sobre la nave, para que tiemble también algún otro ante la idea |
| 516 |
de traerles a los troyanos domadores de caballos a Ares de muchas lágrimas! |
| 517 |
Y que los heraldos, queridos por Zeus, lleven a la ciudad el mensaje de que |
| 518 |
los chicos en su primera juventud y los ancianos con canas en las sienes |
| 519 |
pernocten en torno a la ciudad sobre las torres construidas por los dioses, |
| 520 |
y que las femeninas mujeres, cada una, en los palacios |
| 521 |
hagan arder una gran pira, y que esté firme alguna guardia, |
| 522 |
no sea que entre a la ciudad una emboscada estando fuera las tropas. |
| 523 |
Que sea así, troyanos de corazón vigoroso, como digo, |
| 524 |
y que estas palabras sean, las que dichas ahora son beneficiosas, |
| 525 |
y las que con la Aurora diré entre los troyanos domadores de caballos. |
| 526 |
Ruego con esperanza a Zeus y a los demás dioses |
| 527 |
alejar de aquí a estos perros llevados por los espíritus de la muerte, |
| 528 |
a los que los espíritus de la muerte llevan sobre las negras naves. |
| 529 |
Pero, bueno, custodiémonos esta noche entre nosotros, |
| 530 |
y temprano, con la Aurora, equipados con las armas |
| 531 |
sobre las huecas naves despertemos al agudo Ares. |
| 532 |
Veré si él, el fuerte Diomedes Tidida, |
| 533 |
de junto a las naves frente a la muralla me aleja, o yo, tras a él |
| 534 |
destrozarlo con el bronce, me llevo los sangrientos despojos. |
| 535 |
Mañana se distinguirá su excelencia, si mi pica |
| 536 |
espera cuando se le acerque, pero creo que entre los primeros |
| 537 |
yacerá herido, y en torno a él muchos compañeros, |
| 538 |
al alzarse el Sol mañana. ¡Tanto desearía yo |
| 539 |
ser inmortal y libre de vejez por el resto de los días, |
| 540 |
y que me honraran como son honrados Atenea y Apolo, |
| 541 |
tanto como ahora este día llevará el mal a los argivos!” |
| 542 |
Así decía Héctor, y lo celebraron los troyanos. |
| 543 |
Ellos soltaron a los sudorosos caballos del yugo, |
| 544 |
y los ataron con correas, cada uno junto a su carro, |
| 545 |
y llevaron desde la ciudad vacas y fuertes rebaños |
| 546 |
velozmente, y se procuraron el vino de dulce espíritu |
| 547 |
y el pan de los palacios, y juntaron mucha madera, |
| 548 |
[e hicieron para los inmortales perfectas hecatombes] |
| 549 |
y los vientos llevaron la grasa de la llanura hasta el firmamento, |
| 550 |
[dulce, mas nada de ella los dioses bienaventurados se repartieron, |
| 551 |
ni la querían, pues era muy detestada para ellos la sagrada Ilión, |
| 552 |
y Príamo y el pueblo de Príamo, de buena lanza de fresno.] |
| 553 |
Ellos con gran ímpetu sobre las franjas de tierra de la guerra |
| 554 |
se sentaron toda la noche, y muchas piras para ellos ardían. |
| 555 |
Y como cuando en el firmamento las estrellas en torno a la reluciente luna |
| 556 |
aparecen sobresalientes, cuando está despejado el cielo |
| 557 |
- se revelan todos los miradores y los altos promontorios
|
| 558 |
y los valles, y así desde el firmamento se rasga el inacabable cielo -, |
| 559 |
y se ven todas las estrellas, y alegran las entrañas del pastor, |
| 560 |
tantas entre las naves y las corrientes del Janto |
| 561 |
parecían las piras que hacían arder los troyanos frente a Ilión. |
| 562 |
Mil piras ardían entonces en la llanura, y junto a cada una |
| 563 |
se sentaban cincuenta, al fulgor del ardiente fuego, |
| 564 |
y los caballos, pastando blanca cebada y espelta, |
| 565 |
parados junto a los carros a la Aurora de buen trono esperaban. |