| 1 | Y se quedó sola la horrible lucha de los troyanos y los aqueos, |
| 2 | y ora hacia acá, ora hacia allá enfilaba el combate por la llanura, |
| 3 | unos contra otros enfilando las lanzas de bronce, |
| 4 | entre las corrientes del Simoente y del Janto. |
| 5 | Y Áyax Telamonio, cerco de los aqueos, el primero |
| 6 | rompió una falange de los troyanos y trajo luz a sus compañeros, |
| 7 | hiriendo a un varón que era el mejor entre los tracios, |
| 8 | al hijo de Eusoro, al noble y grande Acamante. |
| 9 | A este lo hirió primero en la cimera del casco de crin de caballo, |
| 10 | y se clavó en la frente y cruzó, claro, hacia dentro del hueso |
| 11 | la broncínea punta, y la oscuridad le cubrió los ojos. |
| 12 | Y a Áxilo, entonces, lo mató Diomedes de buen grito de guerra, |
| 13 | al Teutránida, que habitaba en la bien edificada Arisbe, |
| 14 | rico en bienes, y que era apreciado entre los hombres, |
| 15 | pues a todos recibía con aprecio, habitando su casa a la vera del camino, |
| 16 | pero en ese momento ninguno de ellos lo resguardó de la ruinosa destrucción, |
| 17 | posicionándose delante, sino que a ambos les robó la vida, |
| 18 | a él mismo y a su servidor Calesio, ese que entonces de sus caballos |
| 19 | era auriga, y ambos se hundieron en la tierra. |
| 20 | Y a Dreso y a Ofeltio los abatió Euríalo, |
| 21 | y marchó hacia Esepo y Pédaso, a los que alguna vez una ninfa, |
| 22 | la náyade Abarbarea, parió del insuperable Bucolión - |
| 23 | Bucolión era hijo del brillante Laomedonte, |
| 24 | el mayor de la estirpe, mas lo dio a luz en secreto su madre -. |
| 25 | Él, cuando pastoreaba ovejas, se unió con ella en amor y en la cama, |
| 26 | y ella, habiendo quedado embarazada, dio a luz hijos gemelos. |
| 27 | También de estos aflojó el furor y los ilustres miembros |
| 28 | el Mecistíada y despojó sus hombros de las armas. |
| 29 | Y a Astíalo, entonces, lo mató Polipetes, de furor guerrero, |
| 30 | y a Pidites, el percosio, abatió Odiseo |
| 31 | con la broncínea pica, y Teucro, al divino Aretaón. |
| 32 | Y a Ablero abatió con la lanza reluciente Antíloco, |
| 33 | el Nestórida, y el soberano de varones Agamenón, a Élato - |
| 34 | este habitaba, junto a las orillas del Satnioente de buena corriente, |
| 35 | la escarpada Pédaso -. Y sometió a Fílaco el héroe Leito, |
| 36 | cuando huía; y Eurípilo abatió a Melantio. |
| 37 | Y a Adresto, entonces, luego Menelao de buen grito de guerra |
| 38 | lo capturó vivo, pues sus caballos, despavoridos por la llanura, |
| 39 | enredándose en una rama de tamarisco el curvo carro |
| 40 | rompieron en la punta de la vara, y marcharon, ellos, |
| 41 | hacia la ciudad, allí por donde los demás despavoridos se espantaban, |
| 42 | mientras que él salió rodando de la caja junto a la rueda, |
| 43 | de cabeza en el polvo, de boca, y junto a él se paró |
| 44 | el Atrida Menelao, teniendo la pica de larga sombra. |
| 45 | Y Adresto, entonces, luego le suplicó, tomando sus rodillas: |
| 46 | “Captúrame vivo, hijo de Atreo, y acepta tú el rescate apropiado. |
| 47 | Muchos tesoros yacen en lo de mi rico padre, |
| 48 | bronce y oro y muy laborioso hierro; |
| 49 | de estos te daría gratamente mi padre un cuantioso rescate, |
| 50 | si se enterara de que yo estoy vivo en las naves de los aqueos.” |
| 51 | Así habló, y, claro, le conmocionó el ánimo en el pecho, |
| 52 | y a su servidor estuvo por dárselo para que lo condujera |
| 53 | a las rápidas naves de los aqueos, pero Agamenón |
| 54 | le llegó corriendo enfrente, y conminándolo le dijo estas palabras: |
| 55 | “¡Oh, carísimo! ¡Oh, Menelao! ¿Por qué te preocupas tú así |
| 56 | por estos varones? ¿Acaso te trataron en tu casa de la mejor manera |
| 57 | los troyanos? Ojalá que ninguno escape a la infranqueable destrucción |
| 58 | ni a nuestras manos, ni el que su madre en el vientre |
| 59 | lleve, que sea niño, ni el que huya, sino que todos juntos |
| 60 | de Ilión desaparezcan, sin sepulcro y sin rastro.” |
| 61 | Habiendo hablado así, el héroe mudó los pensamientos de su hermano, |
| 62 | disuadiéndolo de lo adecuado, y este empujó lejos de sí con la mano |
| 63 | al héroe Adresto, y el poderoso Agamenón |
| 64 | lo hirió bajo el abdomen, y él cayó hacia atrás, y el Atrida, |
| 65 | pisándolo en el pecho con el pie, extrajo la pica de fresno. |
| 66 | Y Néstor exhortó a los argivos bramando con fuerte voz: |
| 67 | “¡Oh, amigos, héroes dánaos, servidores de Ares, |
| 68 | que ahora ninguno, arrojándose sobre los despojos, atrás |
| 69 | se quede para llegar a las naves llevándose lo máximo posible; |
| 70 | antes bien matemos varones, y luego también aquellos, con tranquilidad, |
| 71 | los despojarán de los cadáveres muertos por la llanura.” |
| 72 | Habiendo hablado así alentó el furor y el ánimo de cada uno. |
| 73 | Entonces de nuevo los troyanos, por los aqueos amados por Ares |
| 74 | doblegados, a causa de su debilidad habrían ascendido hasta Ilión, |
| 75 | si parándoseles al lado a Eneas y a Héctor no les hubiera dicho |
| 76 | el Priamida Héleno, el mejor por mucho de los augures: |
| 77 | “Eneas y Héctor, ya que especialmente en ustedes el esfuerzo |
| 78 | de los troyanos y los licios recae, porque los mejores |
| 79 | sois en todo propósito, para combatir y para pensar, |
| 80 | deténganse aquí mismo, y a las tropas retengan frente a las puertas, |
| 81 | corriendo por doquier, antes que, de nuevo, en los brazos de las mujeres |
| 82 | caigan, huyendo, y esto resulte una alegría para los enemigos. |
| 83 | Pero una vez que los dos hayáis alentado a las falanges, a todas, |
| 84 | nosotros combatiremos con los dánaos resistiendo aquí, |
| 85 | aunque muy agobiados, pues la necesidad nos oprime. |
| 86 | Héctor, vos, por tu parte, andá hacia la ciudad, y hablá luego |
| 87 | con la madre tuya y mía, y que ella, reuniendo a las ancianas |
| 88 | en el templo de Atenea de ojos refulgentes en lo más alto de la ciudad, |
| 89 | tras abrir con una llave las puertas de la sagrada morada, |
| 90 | un peplo, el que le parezca el más encantador y más grande |
| 91 | que haya en el palacio y que sea por mucho el más preciado para ella, |
| 92 | lo ponga sobre las rodillas de Atenea de bellos cabellos, |
| 93 | y que le prometa doce vacas en el templo |
| 94 | inmolar, añales, nunca aguijadas, por si se compadece |
| 95 | de la ciudad y de las esposas de los troyanos y de los niños pequeños, |
| 96 | por si aleja de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, |
| 97 | salvaje portador de lanza, fuerte instigador del espanto, |
| 98 | aquel que, en efecto, yo afirmo es el más fuerte de los aqueos. |
| 99 | Ni siquiera a Aquiles, señor de varones, temimos así jamás, |
| 100 | aquel mismo que afirman proviene de una diosa. Pero este de acá demasiado |
| 101 | enfurecido está, y ninguno puede en furor igualarlo.” |
| 102 | Así habló, y Héctor no desobedeció a su hermano, |
| 103 | y enseguida del carro con las armas saltó al suelo, |
| 104 | y blandiendo las agudas lanzas iba a través del ejército por todos lados |
| 105 | alentando a combatir, y despertaba la horrible lucha. |
| 106 | Ellos se dieron vuelta y se pararon enfrentando a los aqueos, |
| 107 | y los argivos se retiraron, y detuvieron la matanza, |
| 108 | y afirmaban que alguno de los inmortales desde el estrellado firmamento |
| 109 | había bajado para resguardar a los troyanos, de tal modo se dieron vuelta. |
| 110 | Y Héctor exhortó a los troyanos bramando con fuerte voz: |
| 111 | “Τroyanos de inmenso ánimo y aliados de extendida fama, |
| 112 | sean hombres, amigos, y recuerden su impetuoso brío, |
| 113 | mientras yo marcho hacia Ilión y a los ancianos |
| 114 | consejeros les digo, y a nuestras esposas, |
| 115 | que invoquen a las deidades y que prometan hecatombes.” |
| 116 | Habiendo hablado así, por supuesto, partió Héctor de centelleante casco, |
| 117 | y sobre sus tobillos y su cuello golpeaba el negro cuero, |
| 118 | el borde exterior que recorría el repujado escudo. |
| 119 | Y Glauco hijo de Hipóloco y el hijo de Tideo |
| 120 | se juntaron en el medio de ambos bandos, ansiosos por combatir. |
| 121 | Y ellos, en cuanto estuvieron cerca yendo uno sobre el otro, |
| 122 | le dijo primero Diomedes de buen grito de guerra: |
| 123 | “¿Y quién eres tú, estimadísimo, entre los hombres mortales? |
| 124 | Pues nunca te he visto en la batalla que glorifica varones |
| 125 | antes, pero ahora mucho te has adelantado a todos |
| 126 | por tu audacia, tú que mi pica de larga sombra esperaste. |
| 127 | ¡Hijos de desdichados se enfrentan a mi furor! |
| 128 | Si eres, en cambio, alguno de los inmortales, que del firmamento vino, |
| 129 | yo, al menos, con los dioses del firmamento no combatiría. |
| 130 | Pues no, ni el hijo de Driante, el fuerte Licurgo, |
| 131 | duró mucho, aquel que desafiaba a los dioses del firmamento. |
| 132 | Él alguna vez a las nodrizas del frenético Dioniso |
| 133 | persiguió por el muy divino Niseo, y ellas todas juntas |
| 134 | vertieron en el suelo sus tirsos, por Licurgo matador de varones |
| 135 | golpeadas con la aguijada, y Dioniso espantado |
| 136 | se sumergió bajo el oleaje del mar, y Tetis en su regazo lo recibió |
| 137 | atemorizado: por las amenazas del varón un fuerte temblor lo dominaba. |
| 138 | A él luego lo aborrecieron los dioses de fácil vida, |
| 139 | y lo dejó ciego el hijo de Crono, y, claro, ya no mucho |
| 140 | duró, desde que fue detestado por todos los dioses inmortales. |
| 141 | No querría yo, pues, combatir con los dioses bienaventurados, |
| 142 | mas si eres uno de los mortales que comen el fruto del campo, |
| 143 | acércate, así más pronto caerás en las redes de la destrucción.” |
| 144 | Y en respuesta le dijo el ilustre hijo de Hipóloco: |
| 145 | “Esforzado Tidida, ¿por qué preguntas por mi linaje? |
| 146 | Cual el linaje de las hojas, así es también el de los varones. |
| 147 | Las hojas… a unas el viento las esparce en el suelo, y a otras el bosque |
| 148 | floreciente las hace brotar, y surge la estación de la primavera. |
| 149 | Así es el linaje de los varones, uno brota, el otro se acaba. |
| 150 | Y si quieres también enterarte de estas cosas, para conocer bien |
| 151 | nuestro linaje, muchos varones lo conocen. |
| 152 | Hay una ciudad, Éfira, en lo más interno de Argos criadora de caballos, |
| 153 | donde vivía Sísifo, que era el más sagaz de los varones, |
| 154 | Sísifo Eólida, y este engendró un hijo, Glauco; |
| 155 | Glauco, por su parte, engendró al insuperable Belerofonte, |
| 156 | y a este los dioses con belleza y encantadora hombría |
| 157 | lo dotaron. Preto, por su parte, meditaba males para él en su ánimo, |
| 158 | ese que, ya que era muy superior, lo expulsó del pueblo |
| 159 | de los argivos, pues Zeus a su cetro los había sometido. |
| 160 | Por este la mujer de Preto estaba enloquecida, la divina Antea, |
| 161 | por unírsele en amor clandestino, pero de ningún modo |
| 162 | persuadía al que pensaba cosas nobles, al aguerrido Belerofonte. |
| 163 | Y ella, mintiendo, le dijo al rey Preto: |
| 164 | ‘Ojalá estuvieras muerto, ¡oh, Preto!, o mata a Belerofonte, |
| 165 | que quiso unirse en amor conmigo, sin que yo lo quisiera.’ |
| 166 | Así habló, y al soberano lo tomó la ira por lo que había escuchado. |
| 167 | Evitó, claro, matarlo, pues eso le daba vergüenza en su ánimo, |
| 168 | mas lo envió a Licia, y le dio él un ruinoso mensaje, |
| 169 | grabando en una tablilla plegada muchas mortíferas cosas, |
| 170 | y le mandó que se lo mostrara a su suegro para que pereciera. |
| 171 | Él, por su parte, marchó a Licia bajo la insuperable escolta de los dioses. |
| 172 | Pero cuando llegó a Licia y al Janto que fluye, |
| 173 | generosamente lo honró el soberano de la vasta Licia. |
| 174 | Por nueve días le dio hospitalidad y nueve vacas inmoló. |
| 175 | Pero cuando apareció la décima Aurora de dedos de rosa, |
| 176 | entonces lo interrogó y le pidió ver el mensaje, |
| 177 | ese que de parte de su yerno Preto había traído. |
| 178 | Pero una vez que recibió el nefasto mensaje de su yerno, |
| 179 | primero, claro, le ordenó a la implacable Quimera |
| 180 | matar. Esta era de estirpe divina, no de hombres, 180, |
| 181 | por delante, león, por detrás, serpiente, y en el medio, cabra, |
| 182 | y exhalaba el furor tremendo del fuego ardiente, |
| 183 | y la mató haciendo caso a los portentos de los dioses. |
| 184 | En segundo lugar combatió con los excelsos sólimos, |
| 185 | y afirmaba que este fue el combate más violento que tuvo con varones. |
| 186 | En tercer lugar mató a las amazonas iguales a varones. |
| 187 | Mas, claro, le urdió otra densa argucia mientras él regresaba. |
| 188 | Escogiendo de la vasta Licia a los mejores hombres, |
| 189 | le tendió una emboscada, mas estos de ningún modo regresaron a casa, |
| 190 | pues a todos los mató el insuperable Belerofonte. |
| 191 | Pero cuando empezó a darse cuenta de que era descendiente noble de un dios, |
| 192 | intentó retenerlo allí mismo, entregándole él a su propia hija, |
| 193 | y le dio la mitad de toda su honra regia. |
| 194 | Los licios además le demarcaron un recinto, descollante entre todos, |
| 195 | bello, de huertas y cultivo, para que fuera su pasto. |
| 196 | Y ella parió tres hijos para el aguerrido Belerofonte, |
| 197 | Isandro e Hipóloco y Laodamía. |
| 198 | Con Laodamía yació el ingenioso Zeus, |
| 199 | y ella parió a Sarpedón de casco de bronce, igual a los dioses. |
| 200 | Pero cuando aquel también por todos los dioses fue detestado, |
| 201 | él por la llanura Aleya iba errante solo, |
| 202 | consumiendo su ánimo, evitando los caminos de los hombres, |
| 203 | y a Isandro, su hijo, Ares, insaciable de guerra, |
| 204 | lo mató cuando peleaba con los excelsos sólimos, |
| 205 | e irritada con ella la mató Ártemis de riendas de oro. |
| 206 | E Hipóloco me engendró, y de este afirmo haber nacido, |
| 207 | y me envió a Troya, y me ordenó muchísimas cosas, |
| 208 | siempre ser el mejor y superar a los demás, |
| 209 | y no avergonzar la estirpe de mis padres, que los mejores por mucho |
| 210 | eran en Éfira y en la vasta Licia. |
| 211 | Ahí tienes la estirpe y la sangre de la que me jacto de ser.” |
| 212 | Así habló, y se alegró Diomedes de buen grito de guerra. |
| 213 | La pica la clavó en la muy nutricia tierra |
| 214 | y él habló con dulces palabras al pastor de tropas: |
| 215 | “¡Sin duda realmente sos para mí huésped paterno de antiguo! |
| 216 | Pues Eneo divino alguna vez al insuperable Belerofonte |
| 217 | hospedó, agasajándolo en sus palacios durante veinte días, |
| 218 | y se dieron también uno a otro bellos dones de hospitalidad. |
| 219 | Eneo le entregó un cinturón reluciente de púrpura, |
| 220 | y Belerofonte, una dorada copa de doble asa, |
| 221 | y yo al venir la dejé en mis palacios. |
| 222 | Mas no recuerdo a Tideo, ya que aun siendo yo pequeño |
| 223 | me dejó, cuando pereció en Tebas el pueblo de los aqueos. |
| 224 | Por eso ahora yo tu querido huésped en el medio de Argos |
| 225 | soy, y tú, en Licia, cuando vaya al pueblo de estos. |
| 226 | Y evadamos las picas uno del otro también en la turba, |
| 227 | pues muchos troyanos y renombrados aliados suyos tengo |
| 228 | para matar, a quienes acaso un dios me conceda y alcance con mis pies, |
| 229 | y también muchos aqueos tienes para aniquilar, a quienes puedas. |
| 230 | E intercambiemos uno con el otro las armas para que también estos |
| 231 | sepan que nos jactamos de ser huéspedes paternos.” |
| 232 | Tras hablar así los dos, claro, tras saltar de los caballos, |
| 233 | se tomaron uno al otro las manos y sellaron su confianza. |
| 234 | Allí entonces el Cronida Zeus le arrebató las mientes a Glauco, |
| 235 | que cambió las armas con el Tidida Diomedes, |
| 236 | las de oro por las de bronce, las de cien bueyes por las de nueve bueyes. |
| 237 | Y Héctor, cuando llegó a las puertas Esceas y al roble, |
| 238 | corrieron a su alrededor, claro, las esposas y las hijas de los troyanos, |
| 239 | preguntando por sus hijos, sus hermanos, sus familiares |
| 240 | y sus esposos, y él enseguida las mandó a rogar a los dioses |
| 241 | a todas, una tras otra, pues sobre muchas ya se cernían angustias. |
| 242 | Pero cuando llegó a la bellísima morada de Príamo, |
| 243 | elaborada con pulidos vestíbulos - en esta misma |
| 244 | había dentro cincuenta recámaras de pulida piedra |
| 245 | construidas una al lado de otra, y allí los hijos |
| 246 | de Príamo dormían junto a sus legítimas esposas, |
| 247 | y para las hijas, del lado opuesto, dentro del patio, |
| 248 | había doce techadas recámaras de pulida piedra |
| 249 | construidas una al lado de otra, y allí los yernos |
| 250 | de Príamo dormían junto a sus respetables esposas -, |
| 251 | allí llegó frente a él su madre de benévolos dones, |
| 252 | conduciendo hacia dentro a Laódice, la de mejor figura entre sus hijas, |
| 253 | y allí, claro, se aferró a su mano, la llamó y le dijo estas palabras: |
| 254 | “Hijo, ¿por qué dejando la osada guerra has venido? |
| 255 | ¡Sin duda los agobian los malditos hijos de los aqueos, |
| 256 | peleando en torno a la ciudad, y el ánimo te incitó hacia aquí |
| 257 | a venir y alzar desde lo más alto de la ciudad las manos a Zeus! |
| 258 | Pero quédate hasta que te haya traído vino dulce como la miel |
| 259 | para que libes al padre Zeus y a los demás inmortales |
| 260 | primero, y luego también tú mismo te beneficies, si lo bebes. |
| 261 | El vino le aumenta mucho el furor al varón cansado, |
| 262 | como VOS te cansaste defendiendo a tus familiares.” |
| 263 | Y luego le respondió el gran Héctor de centelleante casco: |
| 264 | “No me traigas vino de dulce espíritu, venerable madre, |
| 265 | no sea que me relajes el furor y me hagas olvidar el brío, |
| 266 | y además a verter refulgente vino para Zeus con manos sin lavar |
| 267 | no me atrevo, y no es para nada posible al Cronión de nubes negras |
| 268 | rogarle manchado de sangre y restos humanos. |
| 269 | Pero tú hacia el templo de Atenea conductora del pueblo |
| 270 | ve con ofrendas, reuniendo a las ancianas, |
| 271 | y un peplo, el que te parezca el más encantador y más grande |
| 272 | que haya en el palacio y que sea por mucho el más preciado para vos, |
| 273 | ponlo sobre las rodillas de Atenea de bellos cabellos, |
| 274 | y prométele doce vacas en el templo |
| 275 | inmolar, añales, nunca aguijadas, por si se compadece |
| 276 | de la ciudad y de las esposas de los troyanos y de los niños pequeños, |
| 277 | por si aleja de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, |
| 278 | salvaje portador de lanza, fuerte instigador del espanto. |
| 279 | Así que tú hacia el templo de Atenea conductora del pueblo |
| 280 | ve, y yo iré hacia Paris para llamarlo, |
| 281 | por si quiere escuchar al que le habla. ¡Ojalá allí mismo |
| 282 | lo tragara la tierra! Pues lo nutrió el Olímpico como una gran desdicha |
| 283 | para los troyanos y para Príamo de corazón vigoroso y sus hijos. |
| 284 | Si a aquel lo viera yendo al interior de Hades, |
| 285 | diría que mis entrañas se olvidarían por completo de la triste miseria.” |
| 286 | Así habló, y ella, tras ir hacia el palacio, a las criadas |
| 287 | exhortó, y ellas, claro, reunieron por la ciudad a las ancianas. |
| 288 | Y ella misma descendió a la perfumada recámara, |
| 289 | donde tenía los peplos finamente bordados, trabajos de las mujeres |
| 290 | sidonias, a las que aquel, el deiforme Alejandro, |
| 291 | condujo desde Sidón, tras navegar por el ancho mar |
| 292 | esa ruta por la que condujo a Helena, de noble padre. |
| 293 | Levantando uno de estos, Hécabe lo llevó como regalo para Atenea, |
| 294 | el que era el más bello por sus bordados y el más grande, |
| 295 | y relumbraba como una estrella, y yacía debajo de todos los demás. |
| 296 | Y se echó a andar, y se apresuraban tras ella muchas ancianas. |
| 297 | Y ellas, cuando llegaron al templo de Atenea en lo más alto de la ciudad, |
| 298 | les abrió las puertas Teanó de bellas mejillas, |
| 299 | la Ciseide, esposa de Antenor domador de caballos, |
| 300 | pues los troyanos la habían nombrado sacerdotisa de Atenea. |
| 301 | Y ellas, todas, con un alarido ritual alzaron las manos a Atenea. |
| 302 | Y aquella, claro, tras tomar el peplo, Teanó de bellas mejillas, |
| 303 | lo puso sobre las rodillas de Atenea de bellos cabellos, |
| 304 | y rogando invocó a la hija del gran Zeus: |
| 305 | “Venerable Atenea, protectora de la ciudad, divina entre las diosas, |
| 306 | ¡rompe la pica de Diomedes, y que también él mismo, |
| 307 | concédelo, caiga de bruces frente a las puertas Esceas, |
| 308 | para que ahora mismo doce vacas en el templo |
| 309 | te inmolemos, añales, nunca aguijadas, por si te compadeces |
| 310 | de la ciudad y de las esposas de los troyanos y de los niños pequeños!” |
| 311 | Así habló rogando, mas se lo negó Palas Atenea. |
| 312 | Así ellas, claro, rogaban a la hija del gran Zeus, |
| 313 | y Héctor hacia las moradas de Alejandro marchaba, |
| 314 | bellas, esas que él mismo construyó con los que entonces los mejores |
| 315 | varones constructores eran en la fértil Troya, |
| 316 | que le hicieron un tálamo y una morada y un patio |
| 317 | cerca de los de Príamo y Héctor, en lo alto de la ciudad. |
| 318 | Hacia allí llegó Héctor, querido por Zeus, y, claro, en la mano |
| 319 | tenía la pica de once codos, y relumbraba delante de la lanza |
| 320 | la broncínea punta, y una abrazadera de oro la rodeaba. |
| 321 | Y lo encontró en el tálamo ocupado con las bellísimas armas, |
| 322 | el escudo y la coraza, y examinando el retorcido arco, |
| 323 | y, claro, la argiva Helena entre las mujeres esclavas |
| 324 | estaba sentada, y a las sirvientas les ordenaba renombradísimas labores. |
| 325 | Y Héctor, al verlo, lo regañó con denigrantes palabras: |
| 326 | “¡Condenado, no está bien que hayas acumulado esta ira en tu ánimo! |
| 327 | Las tropas se consumen en torno a la ciudad y a la infranqueable muralla |
| 328 | peleando, y por causa tuya el clamor y la guerra |
| 329 | arden en torno a esta ciudad. Y vos también increparías a cualquier otro, |
| 330 | si lo vieras en algún lado abandonando la abominable guerra. |
| 331 | ¡Así que de pie, no sea que pronto queme la ciudad el fuego destructor!” |
| 332 | Y le dijo en respuesta el deiforme Alejandro: |
| 333 | “Héctor, en verdad me regañás como es justo y en justa medida. |
| 334 | Por eso te diré, y vos prestá atención y escuchame: |
| 335 | Yo, por cierto, no tanto por la ira ni por la indignación de los troyanos |
| 336 | estaba sentado en el tálamo, sino que quería entregarme al dolor. |
| 337 | Y ahora, convenciéndome con suaves palabras mi esposa |
| 338 | me impulsaba hacia la guerra, y también a mí mismo me parece que eso |
| 339 | es lo más deseable: la victoria va cambiando de varones. |
| 340 | Así que, ¡vamos!, quedate ahora, me pongo las belicosas armas, |
| 341 | o ve, y yo te sigo, y creo que te alcanzaré.” |
| 342 | Así habló, y nada le dijo Héctor de centelleante casco, |
| 343 | y Helena le habló con dulces palabras: |
| 344 | “Cuñado mío, de esta perra aborrecible engendradora de males, |
| 345 | ¡ojalá aquel día a mí, cuando primero me parió mi madre, |
| 346 | un mal remolino de viento me hubiera arrastrado llevándome |
| 347 | hacia el monte o hacia el oleaje del estruendoso mar, |
| 348 | donde me habría tragado el oleaje antes de que sucedieran estos hechos! |
| 349 | Pero ya que estas cosas así, malas, determinaron los dioses, |
| 350 | ojalá hubiera sido entonces esposa de un varón mejor, |
| 351 | que reconociera la indignación y la vergüenza de los hombres. |
| 352 | Este, ya ves, ni ahora tiene la mente firme, ni más adelante |
| 353 | la tendrá, y por eso, creo, cosechará su siembra. |
| 354 | Pero, ¡vamos!, ahora ven y siéntate en este taburete, |
| 355 | cuñado, ya que especialmente a ti el esfuerzo te agobia la mente, |
| 356 | por causa mía, de esta perra, y a causa de la ceguera de Alejandro, |
| 357 | sobre los que Zeus puso un mal destino para que también en adelante |
| 358 | seamos para los hombres venideros dignos de canto.” |
| 359 | Y luego le respondió el gran Héctor de centelleante casco: |
| 360 | “No me hagas sentar, Helena, aunque me aprecies; no me persuadirás, |
| 361 | pues ya me incita el ánimo para que ampare |
| 362 | a los troyanos, que anhelan mucho mi presencia cuando estoy ausente. |
| 363 | Pero tú impúlsalo a este, y que también él mismo se apure |
| 364 | para que me alcance mientras estoy dentro de la ciudad, |
| 365 | pues yo también iré a mi casa para ver |
| 366 | a mis servidores, a mi querida esposa y a mi hijo pequeño, |
| 367 | pues no sé si regresaré otra vez con ellos, |
| 368 | o si ya los dioses me doblegarán a manos de los aqueos.” |
| 369 | Habiendo hablado así, por supuesto, partió Héctor de centelleante casco, |
| 370 | y al instante llegó a las bien habitadas moradas, |
| 371 | mas no encontró a Andrómaca de blancos brazos en los palacios, |
| 372 | sino que ella, con su hijo y con su criada de bello peplo, |
| 373 | sobre una torre estaba parada, llorando y deshaciéndose en lágrimas. |
| 374 | Y Héctor, como no encontró dentro a su insuperable esposa, |
| 375 | yendo hacia el umbral se paró allí, y dijo entre las esclavas: |
| 376 | “¡VAMOS! Esclavas, díganmelo con certeza: |
| 377 | ¿A dónde marchó Andrómaca de blancos brazos desde el palacio? |
| 378 | ¿Acaso hacia lo de sus cuñadas o concuñadas de bellos peplos, |
| 379 | o hacia lo de Atenea fue, allí donde las demás |
| 380 | troyanas de bellas trenzas aplacan a la tremenda diosa?” |
| 381 | Y le dirigió en respuesta estas palabras la diligente despensera: |
| 382 | “Héctor, ya que mucho nos instas a decir la verdad, |
| 383 | ni hacia lo de sus cuñadas o concuñadas de bellos peplos, |
| 384 | ni hacia lo de Atenea fue, allí donde las demás |
| 385 | troyanas de bellas trenzas aplacan a la tremenda diosa, |
| 386 | sino que marchó hacia la gran torre de Ilión, porque escuchó |
| 387 | que están agobiados los troyanos, y predominan por mucho los aqueos. |
| 388 | Seguro está llegando apurada a la muralla, |
| 389 | como loca, y con ella la nodriza, que lleva al niño.” |
| 390 | Dijo, claro, la mujer despensera, y Héctor se alejó de la morada, |
| 391 | de vuelta por el mismo camino a través de las bien edificadas calles. |
| 392 | Cuando llegó a las puertas, atravesando la gran ciudad, |
| 393 | a las Esceas, por donde iba a salir hacia la llanura, |
| 394 | allí llegó corriendo frente a él su esposa de muchos dones, |
| 395 | Andrómaca, hija de Eetión de corazón vigoroso, |
| 396 | Eetión, que habitaba al pie del boscoso Placo, |
| 397 | en Tebas al pie del Placo, gobernando a los varones cilicios. |
| 398 | Hija de este era la desposada por Héctor de casco de bronce. |
| 399 | Esta entonces le salió al encuentro, y junto a ella fue la criada, |
| 400 | teniendo sobre su regazo al ingenuo niño, apenas un pequeño, |
| 401 | al Hectórida amado, semejante a una bella estrella, |
| 402 | ese al que Héctor llamaba Escamandrio, pero los demás, |
| 403 | Astianacte, pues Héctor preservaba Ilión él solo. |
| 404 | Él, mirando al niño, sonrió en silencio, |
| 405 | y Andrómaca se le paró cerca, vertiendo lágrimas, |
| 406 | y allí, claro, se aferró a su mano, lo llamó y le dijo estas palabras: |
| 407 | “¡Condenado! Te hará perecer ese furor tuyo, y no te compadeces |
| 408 | de este niño pequeñito ni de mí, de esta miserable, que pronto viuda |
| 409 | tuya seré, pues pronto te matarán los aqueos, |
| 410 | arremetiendo todos, y para mí más ventajoso sería, |
| 411 | tras perderte, hundirme en el suelo, pues ya no tendré |
| 412 | otro consuelo, después que vos encuentres tu destino, |
| 413 | sino dolores; no tengo padre ni venerable madre, |
| 414 | pues a nuestro padre lo mató el divino Aquiles, |
| 415 | y saqueó la ciudad de los cilicios bien habitada, |
| 416 | Tebas de altas puertas, y mató a Eetión, |
| 417 | mas no lo despojó, pues eso le daba vergüenza en su ánimo, |
| 418 | sino que, claro, lo quemó con sus labradas armas, |
| 419 | y le erigieron encima una tumba, y a su alrededor hicieron brotar olmos |
| 420 | las ninfas montaraces, hijas de Zeus portador de la égida, |
| 421 | y ellos, mis siete hermanos que tenía en los palacios, |
| 422 | ellos, todos, en un único día fueron hacia el interior de Hades, |
| 423 | pues a todos los asesinó Aquiles divino de pies rápidos |
| 424 | por sus vacas de paso circular y sus blancas ovejas, |
| 425 | y a mi madre, que reinaba al pie del boscoso Placo, |
| 426 | a ella, después que la condujo aquí junto con sus demás posesiones, |
| 427 | él la liberó de nuevo, recibiendo un cuantioso rescate, |
| 428 | mas en los palacios de su padre la hirió Ártemis flechadora. |
| 429 | Pero, Héctor, para mí vos sos padre y venerable madre |
| 430 | y hermano; vos sos mi lozano esposo. |
| 431 | Así que, ¡vamos!, compadécete ahora y quédate aquí sobre la torre, |
| 432 | no hagas a tu hijo huérfano y viuda a tu mujer. |
| 433 | Coloca a las tropas junto a la higuera, donde más |
| 434 | expugnable es la ciudad y escalable es la muralla, |
| 435 | pues yendo allí tres veces la pusieron a prueba los mejores |
| 436 | en torno a los dos Ayantes y al muy renombrado Idomeneo |
| 437 | y en torno a los Atridas y al firme hijo de Tideo. |
| 438 | O acaso se los reveló alguien versado en los vaticinios, |
| 439 | o bien su propio ánimo los alienta y se los ordena.” |
| 440 | Y le dijo en respuesta el gran Héctor de centelleante casco: |
| 441 | “Sí, también a mí me preocupa todo esto, mujer, pero muy terriblemente |
| 442 | me avergüenzo ante los troyanos y las troyanas de largos peplos, |
| 443 | si como un vil cobarde rehúyo la guerra, |
| 444 | y el ánimo me ordena que no lo haga, ya que aprendí a ser noble |
| 445 | siempre y a combatir entre los primeros troyanos, |
| 446 | procurando la gran fama de mi padre y la mía propia, |
| 447 | pues yo sé esto bien en mis entrañas y en mi ánimo: |
| 448 | habrá un día, alguna vez, en el que perecerá la sagrada Ilión |
| 449 | y Príamo y el pueblo de Príamo, de buena lanza de fresno, |
| 450 | pero no me preocupa tanto el dolor por venir de los troyanos, |
| 451 | ni el de la misma Hécabe ni el del soberano Príamo |
| 452 | ni el de mis hermanos, que muchos y además nobles |
| 453 | en el polvo podrían caer bajo varones enemigos, |
| 454 | como el tuyo, cuando alguno de los aqueos vestidos de bronce |
| 455 | te conduzca llorando, robándote los días de libertad; |
| 456 | y estando en Argos tejerías para otra una tela, |
| 457 | y llevarías el agua desde la fuente Meseide o la Hiperea, |
| 458 | muy a tu pesar, y una dura servidumbre caerá sobre ti, |
| 459 | y alguna vez alguien dirá, al verte derramando lágrimas: |
| 460 | ‘De Héctor es esa mujer, el que era el mejor combatiendo |
| 461 | de los troyanos domadores de caballos, cuando en torno a Ilión combatían.’ |
| 462 | Así alguna vez alguien dirá, y otra vez se renovará tu dolor, |
| 463 | al faltarte tamaño varón para apartar el día de esclavitud. |
| 464 | Pero a mí, muerto, ojalá la tierra amontonada me cubra, |
| 465 | antes de saber de tus gritos y de cómo fuiste arrastrada.” |
| 466 | Habiendo hablado así, extendió los brazos hacia el niño el ilustre Héctor, |
| 467 | pero el niño hacia el regazo de su nodriza de buena cintura |
| 468 | se volvió, gritando, aterrado por el rostro de su padre querido, |
| 469 | atemorizado por el bronce y el penacho de pelo de caballo, |
| 470 | al verlo agitarse tremendamente desde lo más alto del casco. |
| 471 | Y sonrió el padre querido y la venerable madre, |
| 472 | y enseguida se sacó el casco de la cabeza el ilustre Héctor, |
| 473 | y sobre la tierra lo puso, resplandeciente, |
| 474 | mientras que él, después de besar a su querido hijo y mecerlo en brazos, |
| 475 | dijo suplicando a Zeus y a los demás dioses: |
| 476 | “Zeus y los demás dioses, ¡concedan también que crezca este, |
| 477 | mi niño, igual que yo, sobresaliente entre los troyanos |
| 478 | y así de bueno en fuerza, y que gobierne fuertemente Ilión! |
| 479 | Y que alguna vez alguien diga ‘este es mucho mejor aun que su padre,’ |
| 480 | cuando vuelva de la guerra, y que lleve los sangrientos despojos |
| 481 | tras matar a un varón enemigo, y su madre se alegre en las entrañas.” |
| 482 | Habiendo hablado así, puso en los brazos de la querida esposa |
| 483 | a su niño, y ella, claro, lo recibió en el fragante regazo |
| 484 | riendo entre lágrimas. Y el esposo se compadeció al verla, |
| 485 | la acarició con la mano, la llamó y le dijo estas palabras: |
| 486 | “¡Condenada! No te me aflijas demasiado en el ánimo, |
| 487 | pues ningún varón me arrojará a Hades contra el destino, |
| 488 | y afirmo que de la moira ninguno de los varones logra escaparse, |
| 489 | ni malo, ni noble, desde el momento primero en que nace. |
| 490 | Así que ve a casa y de tus trabajos encárgate, |
| 491 | del telar y la rueca, y a las criadas ordénales |
| 492 | que al trabajo se apliquen, y la guerra a los varones nos ocupará, |
| 493 | a todos - y en especial a mí - los que en Ilión nacieron.” |
| 494 | Habiendo hablado así, por supuesto, tomó el ilustre Héctor su casco |
| 495 | crinado, y su querida esposa marchó a casa, |
| 496 | dándose vuelta muchas veces, vertiendo espesas lágrimas. |
| 497 | Y al instante llegó a las bien habitadas moradas |
| 498 | de Héctor matador de varones, y encontró dentro a muchas |
| 499 | criadas, y en todas ellas impulsó el lamento. |
| 500 | Ellas por Héctor, todavía vivo, se lamentaban en la casa de este, |
| 501 | pues estaban seguras que de regreso de la guerra ya no |
| 502 | vendría, librándose del furor y las manos de los aqueos. |
| 503 | Y Paris no se demoró en las elevadas moradas, |
| 504 | sino que él, tras ponerse las renombradas armas adornadas con bronce, |
| 505 | se apresuró luego por la ciudad, confiado en sus raudos pies. |
| 506 | Así como cuando un caballo estabulado, bien alimentado en el pesebre, |
| 507 | tras romper sus ataduras corre, hollando la llanura, |
| 508 | acostumbrado a bañarse a lo largo del río de buena corriente, |
| 509 | triunfante, y mantiene la cabeza en alto, y sus crines |
| 510 | saltan en torno a sus hombros, y él, confiado en su esplendor, |
| 511 | sus rodillas lo llevan rápido a los parajes y pasturas de los caballos, |
| 512 | así el hijo de Príamo, Paris, desde lo más alto de Pérgamo, |
| 513 | resplandeciente con sus armas como el astro del día, marchó, |
| 514 | exultante, y lo llevaron sus rápidos pies. Y enseguida |
| 515 | encontró al divino Héctor, su hermano, cuando, claro, estaba a punto |
| 516 | de volver la espalda al lugar donde conversó con su mujer. |
| 517 | Le dijo primero el deiforme Alejandro: |
| 518 | “¡Hermano, sin duda, aunque estás apurado, mucho te he detenido |
| 519 | demorándome, y no vine a tiempo, como ordenaste.” |
| 520 | Y respondiendo le dijo Héctor de centelleante casco: |
| 521 | “¡Condenado! Ningún varón que fuera íntegro |
| 522 | despreciaría tu trabajo en el combate, ya que eres firme, |
| 523 | pero voluntariamente lo abandonas y no lo quieres, y por esto mi corazón |
| 524 | se aflige en mi ánimo, porque escucho cosas vergonzosas sobre vos |
| 525 | de parte de los troyanos, que tienen mucho esfuerzo por tu causa. |
| 526 | Así que vamos, y más tarde haremos las paces, si alguna vez Zeus |
| 527 | concede para los sempiternos dioses del firmamento |
| 528 | colocar una cratera por la libertad en el palacio, |
| 529 | tras haber expulsado de Troya a los aqueos de buenas grebas.” |